No es este un domingo más para los argentinos. Celebramos el día del padre, en medio de un Mundial en el que su máxima estrella sufre por la salud del suyo, mientras irradia felicidad a sus conciudadanos y a todos los que aman el fútbol alrededor del mundo.

“No es una noticia falsa”, podría decir Borges sobre el traspié de Florencia Peña, como alguna vez dijo a propósito de una necrológica fallida que lo tenía como protagonista. “Solo es una noticia prematura”, ironizó.

Su tocayo Jorge Messi lo tomó con un humor similar. “Qué quilombo que armé”, posteó, bajando dramatismo al escándalo mediático.

Javier Milei leyó el episodio en una clave distinta. Concibió al incidente como una prueba que reforzaba su visión sobre el periodismo cuando, en realidad, el error permitía contrastar las diferencias con un ejercicio responsable del oficio. La mayoría de los periodistas profesionales conocían los rumores que llegaron a Peña y su producción. Ninguno se aventuró a otorgarles veracidad frente a un micrófono o una cámara.

Necrofilia argentina

A Borges no le gustaba el fútbol. Rechazaba las pulsiones y la exacerbación de los nacionalismos que despierta. Le gustaba Suiza. Un país caracterizado por su neutralidad, con presidentes que pocos suizos conocen, donde conviven idiomas y religiones muy distintos. Pero con la elección de Ginebra para morir, la ciudad de su adolescencia, lejos de su patria, buscaba huir de la necrofilia argentina. Lo contó en estos días Alina Diaconú, colaboradora histórica de LA GACETA Literaria, íntima amiga de María Kodama. El autor de El Aleph había quedado impactado por la foto de Ricardo Balbín agonizando en la tapa de la revista Gente.

El caso, impulsado por una demanda de la viuda de Balbín, llegó a la Corte Suprema y se resolvió con un fallo que estableció que la intimidad de una figura pública debía resguardarse cuando no había en ella interés público. El Presidente se obsesiona con lo que interpreta como una transgresión sistemática de esta frontera. Existen, es cierto, algunos traspasos inapropiados de ese límite como también interpretaciones laxas –debatibles– sobre la noción misma del interés público. Tenemos, además, una jurisprudencia y una doctrina consistentes que resaltan que los funcionarios públicos cuentan con el umbral más bajo de esa protección. En la medida en que se ocupan de los intereses de todos, aspectos de su vida personal se mezclan con el derecho ciudadano a conocerlos. Su estado de salud cuando hace a su capacidad para gobernar, sus decisiones patrimoniales cuando puede haber conflictos de intereses, las conductas privadas en la medida en que puedan influir en decisiones públicas.

De Huxley a Musk

En Un mundo feliz, la célebre novela de Aldous Huxley, los padres biológicos son una excepción. Su función ha sido sustituida por gestaciones en laboratorios de acuerdo a las necesidades de la sociedad. En ese mundo, la felicidad ha sido conquistada a través de una droga de consumo masivo que elimina la angustia y los conflictos.

En nuestro mundo no tan feliz, cada día del padre pienso en la tormenta existencial que se genera en las primeras semanas del debut en la paternidad. Cuando vivía esa época, un amigo me dijo que debíamos fabricar un brazo mecánico que moviera rítmicamente las cunas de los bebés. Algunos años después, cuando resultaba completamente ineficiente para mi vida, encontré en internet que alguien había fabricado ese artefacto que en su momento anhelé como pocas otras cosas.

Esta historia volvió a mi cabeza, el mes pasado, cuando me encontré con un consultor que acababa de llegar de una isla hawaiana propiedad de una de las empresas de Elon Musk en la que convivió con un prototipo de los robots humanoides que el tecnólogo piensa lanzar al mercado en un año. El robot hizo de todo. Le cocinó, tendió su cama, se sentó en la mesa, conversó amenamente con él y organizó sus actividades durante los días de su estadía. “A veces el café llegaba un poco frío”, me confesó. Detalles.

Musk estima que podrá fabricar decenas de millones de unidades antes de 2030. Por un alquiler de unos 400 dólares mensuales, millones de hogares podrán tener una de estas máquinas con capacidad para cuidar a los hijos de los dueños de casa, o a sus padres mayores, además de limpiar, ordenar, coordinar las compras del supermercado y actuar como un asistente que se encargue desde la coordinación de agendas a llamados a un plomero o un electricista –o incluso aprender y encargarse de las tareas de estos-.

¿Es riesgoso delegar tareas sensibles en máquinas? “Los Tesla autónomos tienen accidentes pero muchos menos que los autos conducidos por humanos”, reflexiona Musk. ¿Y los empleos que se pierdan? Habrá que resolverlo, plantea, pero nos pregunta si no sería un mundo mejor uno en el que pudiéramos delegar las tareas mecánicas y burocráticas. ¿Y uno -podríamos complementar- en el que delegáramos las tareas cognitivas, sobre todo las relativas a decisiones que nos generan ansiedad y angustia? Las IA podrían actuar como el soma, la droga de Un mundo feliz.

El flamante primer billonario del mundo, por la salida a la bolsa de SpaceX, es el dueño de una empresa que perdió 5.000 millones de dólares en el último año, cuyo principal objetivo es llegar a Marte. Vivimos en un mundo raro. Uno en el que su habitante más rico –y uno de los más poderosos- piensa obsesivamente en otro mundo.

Milei versus Harari

Un artículo de Javier Milei publicado en el Financial Times, en el que plasma los lineamientos de su proyecto de creación de empresas no humanas, provocó una réplica de Yuval Noah Harari, en la que describe los riesgos de proporcionar personalidad jurídica a una IA que podría poseer activos, contratar empleados, litigar, comerciar o financiar campañas políticas. Es, según Harari, la decisión más relevante que deben tomar los líderes de todos los países del mundo. La que puede llevar al mayor de sus errores. O al último, advierte.

El presidente argentino le respondió, este jueves, rechazando la idea de que las IA sean más peligrosas que los humanos para explotar vacíos legales o cometer abusos, argumentando que una empresa autónoma tendría incentivos para respetar las reglas, ya que una quiebra equivaldría a su propia desaparición.

Yo, robot

Milei, en su respuesta dirigida a Harari, recuerda un relato del libro Yo, robot, de Isaac Asimov, en el que una campaña política es atravesada por la sospecha de que uno de los candidatos es una máquina. Lo interesante, señala, es que el debate pone de relieve las ventajas del supuesto candidato robot: trabaja sin descanso, es rigurosamente honesto, no pierde la calma y no se deja llevar por emociones o intereses personales. ¿Por qué asumir que una empresa gestionada por IA sería más riesgosa que una administrada por humanos, cuando gran parte de los fraudes, abusos y crisis económicas de la historia fueron provocados por personas?, se pregunta Milei. Mientras tanto, crece una tendencia en las últimas elecciones alrededor del mundo: las consultas a las IA sobre a qué candidato conviene votar.

Las historias de Asimov están atravesadas por las “tres leyes de la robótica” que dictaminan que una máquina nunca puede dañar a un humano. Harari, en el Foro de Davos, reflexionó en torno a esa posibilidad. La IA no es una herramienta, como un cuchillo, que un humano puede decidir si usa para cortar una manzana o asesinar. Es un agente que puede tomar la decisión de fabricar ese cuchillo y optar por usarlo en uno u otro sentido, alertó.

Las IA están diseñadas para alcanzar sus objetivos. Eso intenta HAL, la IA de la nave de la película “2001: odisea del espacio”, cuando comprende que la mejor forma de llegar a su meta es eliminando a los humanos por el riesgo que generan sus contradicciones.

¿Colapso civilizatorio?

Durante esta semana, en Francia, los presidentes del G7 debatieron con los líderes de las principales empresas de IA sobre posibles regulaciones. Dario Amodei, CEO de Anthropic, acompañado por sus pares de Google y Open AI, les pidió que eviten dividirse en torno al desarrollo y acceso a la inteligencia artificial avanzada. Esto ocurrió días después de que Donald Trump, presente en la reunión, prohibiera la exportación de los modelos más avanzados de Anthropic por razones de seguridad nacional.

“Hay hasta un 25% de posibilidades de un colapso civilizatorio con la IA”, estimó Amodei. “La única forma en que esto termine bien es con frenos y contrapesos en todos lados”, concluyó. Una advertencia para quienes sueñan en construir un tecnoparaíso, paradójicamente, en “el fin del mundo”.